colaboracion

Colaboración – enfermedad que cura

Nuestro mundo ha seguido a ojos cerrados aquella idea que la competencia es el motor más importante de cambio, bienestar, desarrollo y más. Desde la teoría evolutiva darwiniana, pasando por el libre mercado, hasta políticas de recuperación económica, todas se sostienen en el supuesto que mientras más y mejor compitamos, “más mejor” seremos.

Por Bárbara Saavedra / Ilustración Rodrigo Avilés

A lo largo de nuestra historia, a medida que hemos ido corriendo el velo de los paradigmas, hemos ido constatando que este supuesto está lejos de ser cierto. Y que las consecuencias de aplicarlo a todo quehacer humano han sido nefastas. No sólo para los humanos, sino para la miríada de otras especies con las que compartimos este planeta. Muy por el contrario, la evidencia nos viene hace tiempo mostrando que la colaboración parece ser por lejos el mayor generador de bienestar. El más grande motor de avances y progresos de la vida a lo largo de nuestra historia.

La existencia de seres complejos como los humanos por ejemplo, no podría ocurrir si no existiese colaboración entre células/órganos de nuestro cuerpo. Se ha propuesto que la colaboración en su grado máximo: la simbiosis -donde un organismo no puede existir en ausencia del otro- explicaría que las células hubiesen podido complejizarse y realizar fotosíntesis o respiración. Ambos procesos clave para la vida tal como la conocemos. Y lo que es más relevante, que en condiciones de máxima precariedad, estas noveles relaciones de cooperación permitieron no sólo sostener la vida, sino catalizar el mayor despliegue de diversidad biológica conocido hasta hoy en el universo.

Sumidos como estamos en esta crisis, donde los problemas estallan en todos los ámbitos de nuestra cultura: educación, economía, soberanía, degradación ecosistemas…una precariedad brutal y ubicua…la pregunta que surge en cada foro que participo es: ¿Cómo resolvemos esta crisis?

Desde mi experiencia en conservación de biodiversidad reconozco algunas claves (todas obvias por cierto), que incluyen: asumir la complejidad, reconocer la incertidumbre, diseñar/implementar procesos que permitan aprendizajes compartidos y mejoras sucesivas, impulsar estos procesos a escala local –con los actores relevantes de manera transparente- y conectarlos con fenómenos de orden global…y por sobre todo…entrar en estos procesos de manera colaborativa.

Estas declaraciones son fáciles de hacer desde un think tank o casa de estudios, pero “otra cosa es con guitarra”… cuando tenemos que hacer carne estas ideas en la realidad, involucrando a instituciones variadas, compuestas con personas variopintas, cada una (institución/persona) con sus propios objetivos y métodos, historias, capacidades, etc… la marcha se pone complicada…y lo que ocurre muchas veces, es que a pesar de las buenas intenciones…los excelentes y declarados principios…las cosas no funcionan y no obtenemos los resultados esperados. Esto generando frustración y profundizando la desconfianza propia y colectiva de poder salvar un nuevo o similar desafío.

La conservación que realizo se basa en promover el conocimiento, valoración y cuidado de la biodiversidad, en el entendido que ella es la proveedora más importante y directa de bienestar humano (piensen un minuto en lo que comen, lo que respiran, lo que beben, donde se cobijan, los remedios que los sanan…todo eso y más viene de natura. Y ya). Tarea compleja, por decir lo menos, en un país (y mundo), donde creemos que las plantaciones son bosques, donde pensamos que los conejos son animalitos del campo de Chile, donde pensamos que la naturaleza es algo que está por allá lejos, en Patagonia, y sobre todo porque creemos que las actividades económicas son cosas que viven y florecen en un espacio vacío, desprovisto (y no dependiente) de especies (diferentes de la humana) o ecosistemas. Mi tarea de conservación se basa y requiere colaboración. Y estoy convencida que el mayor cambio cultural que debemos enfrentar para poder resolver la crisis de nuestra biodiversidad, pasa por promover y contagiar la colaboración dentro de nuestro país, y fuera de él.

Y lo que he constatado en este camino de probar-fallar-volver a intentar que en cada Institución -pública, privada, local, global- existen personas que miran el mundo de manera colaborativa. Y otras que no. Existe en todo lugar seres que reconocen la necesidad de sumar esfuerzos y de invertir su trabajo en la generación de bien común. Y otros que no. En cada espacio humano hay individuos que intentan construir en base a conocimiento, a la vez que hay otros que imponen sus planos arquetípicos a como dé lugar. Existen los sujetos que trabajan para la foto y el informe de cumplimiento, al mismo tiempo que otros lo hacen para lograr impactar positivamente la porción de realidad que les compete o interesa.

Si queremos tener la opción de transformar nuestro mundo, y cambiarlo por alguno mejor, sólo nos queda promover y dejar florecer la cooperación. En todas sus formas. Que aflore y brote por cada rendija nacional. Es relativamente sencillo reconocer los “mutantes colaborativos”. Es el punto de partida. Es importante luego resguardar y promover su existencia. Construir con ellos los proyectos que necesitan ser construidos. Cada uno un reguero de sinergia. Cada uno un agente de contagio. Inoculadores de mutualismos, reciprocidad, entrega y más. Nodos humanos de redes transformadoras. Impactando comunidades y catalizando la transmisión de este extraño y necesario virus de la cooperación. Impulsando su propagación incluso más allá de las comunidades humanas…

He aquí el cómo que conozco. Y que me atrevo a aventurar puede ser la cura del mal que nos aqueja. Y que nos corroe día a día ecosistemas y alma.







Bárbara Saavedra

Bióloga de la Universidad de Chile. Apasionada por la conservación y colaboración. Es directora para Chile de Wildlife Conservation Society, y dirige el proyecto de conservación austral Karukinka, en Tierra del Fuego.

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